El capitalismo ha elevado considerablemente el nivel de vida en los países que lo han aplicado. A pesar de ello, incluso en los países referentes por su economía libre, encontramos detractores que lo representan como la apoteosis del egoísmo y la explotación. Intentaremos comprender, mediante un breve análisis, quiénes promueven estas corrientes de pensamiento y cuál es la motivación detrás de sus acciones.
En una sociedad estamental, como lo eran las previas al surgimiento del capitalismo, el sujeto puede atribuir la adversidad de su destino a circunstancias ajenas a sí mismo. La culpa no es suya; no tiene por qué avergonzarse. No obstante, como si de la incurrencia en el pecado original del mito bíblico se tratase,la libertad de la sociedad capitalista irrumpe en ese esquema. El éxito de un individuo es ahora su propia responsabilidad, y por lo tanto también lo es su fracaso. La posición de cada uno se relaciona estrechamente con su aporte a la sociedad, lo cual abre la puerta a ser juzgados y comparados con nuestros semejantes.
Es pues en esta sociedad regida por el mercado, donde el mérito determina el éxito o el hundimiento, que surge una nueva de contendientes. Aquellos a los cuales el sistema ha puesto a prueba sin éxito. Efectivamente, estos individuos buscan un chivo expiatorio a fin de consolarse por sus propios fracasos, imputable en su enfermiza retórica a un sistema que premia la turbia riqueza por encima de la honrada austeridad. Un sistema en el cual los estafadores, los explotadores, y otros tipos de “inmorales individualistas” tienen éxito a costa de los demás.
Debemos entender que, este resentimiento se encuentra presente en diferentes aspectos de nuestra sociedad. Como primer ejemplo podemos nombrar a los intelectuales y académicos. Aquellos que eligieron dedicar sus vidas al estudio y la investigación son muchas veces quienes encabezan las cruzadas ideológicas en contra del capitalismo. Esto no es de extrañar, pues su desprecio al sistema se fundamenta en el éxito de sus pares, quienes alejados del ambiente universitario, deciden contribuir a la sociedad ofreciendo sus conocimientos al servicio del mercado. Es en su estrecha concepción de la sociedad que resulta inmoral observar a un profesional menos formado en la disciplina (pero más versado en las “competencias blandas”) ganar una mayor cantidad de dinero.
En segundo lugar, es necesario mencionar la actuación de aquellos empleados administrativos y oficinistas que en un desconectado análisis de la realidad, ponen en duda la retribución recibida por su trabajo. Los mismos no advierten que su tarea administrativa (muchas veces relacionada al sector público) se reduce a cometidos rutinarios sin preparación necesaria. Este trabajador, envidia a veces el salario de profesionales y productores, cuestionando sus aportes a la sociedad y culpando al sistema capitalista de sus propios errores.
Por último, mencionamos el frente cultural conformado por aquellos músicos, actores y artistas que se dedican a censurar al capitalismo; aunque paradójicamente sus actividades requieran de la existencia de este mismo sistema.
Como hemos mencionado anteriormente, el éxito de un individuo en una economía de mercado se basa en el aprecio que el consumidor manifieste por nuestro producto. En este orden de ideas, no hay diferencia entre la retribución que percibe por sus servicios el fabricante y las que, por los suyos, obtienen los productores, artistas o guionistas. No obstante, los fabricantes saben que sus mercancías se venden a razón de sus propiedades físicas, las cuales satisfacen preferencias que no tienden a cambiar con el paso del tiempo. En contraste, en el mundo del espectáculo, las masas buscan entretenimiento porque se aburren; pero nada hastía tanto al espectador como lo reiterativo. Es esta característica dinámica la que obliga al medio del entretenimiento a adaptarse constantemente a las preferencias de los espectadores.
Este clima de incertidumbre y competencia da razón al accionar de los individuos previamente mencionados, pues les atribula el hecho de que su futuro dependa exclusivamente de los designios de los consumidores. Las soluciones que postulan consisten por supuesto de la intervención estatal, a fin de “apoyar el desarrollo cultural”. No es extraño entonces que muchos miembros del mundo del espectáculo militen y difundan activamente las ideas socialistas.
