PENSAMOS ¿RACIONALMENTE? 2

POR JOAQUIN EDUARDO ARANGUIZ ATRIO Y RENZO KOBRINSKY

“[L]os seres humanos somos propensos a la heurística de la disponibilidad, merced a la cual lo más notable se confunde con lo estadístico, y el efecto emocional y visible de un acontecimiento nos hace pensar que ocurre con más regularidad de la que en realidad sucede”. Esa oración resume a la perfección a lo que nos referimos cuando hablamos de “heurística o sesgo de la disponibilidad”.

Nuestro estudio intentaba explorar este sesgo. Como dijimos en el artículo anterior, se pretendía responder a esta pregunta: ¿Qué tan buena es la información de que disponen las personas para su toma de decisiones? Fundamentalmente, considerando el contexto que atravesamos para así juzgar la calidad de las decisiones tomadas.

La disponibilidad en sí no es algo malo, al contrario. Es un recurso muy útil, nos permite estimar la probabilidad de determinados sucesos. El problema es que se ve afectada por factores ajenos a la frecuencia y la probabilidad, por lo que la confianza en la disponibilidad genera sesgos predecibles. Cuando hablamos de sesgos debe entenderse como una desviación de las probabilidades correctas, una orientación o dirección sesgada es aquella que se aparta del centro, de lo neutro, de lo que realmente sucede. Todos nosotros confiamos de más en algunas circunstancias dada la disponibilidad de un evento, lo que nos lleva a tomar decisiones “irracionales” en exceso o en defecto de las que hubiéramos tomado si este sesgo no existiese.

En el primer artículo introdujimos al lector sobre lo que Kahneman llama “Sistema 1” y “Sistema 2”. Lo que este mismo autor concluye es que “(…) la facilidad con que los ejemplos acuden a la mente es una heurística del Sistema 1, que es reemplazada por una focalización en el contenido cuando el Sistema 2 está más comprometido”. Así, las personas que se dejen llevar más por el primer sistema serán más propensas a los sesgos de la disponibilidad. Estas personas confían demasiado en qué tan fácil vienen a su mente ejemplos de ciertos sucesos en lugar del contenido en sí de esos recuerdos.

¿Por qué nos confundimos? Porque sustituimos objetivos o preguntas por otras. Cuando se preguntó a la gente “¿Cuál de las siguientes causas, estimas, ha generado más muertes en lo que va del año?”, es probable que muchos de ellos la hayan encarado como si la pregunta fuera “De los casos de muertes cercanos, que viste en las noticias o que te comentaron”, “¿cuál ha sido la principal causa?”. Intentamos estimar la probabilidad o frecuencia de un suceso, pero en el intento confiamos demasiado en la facilidad con que nos vienen ejemplos a la mente y esta es perezosa, quiere ahorrar toda la energía posible y optará, mayormente, por no usar el sistema 2, que es el que más trabajo conlleva. ¿Cuántas noticias sobre infartos o cardiólogos pidiendo prevención viste el último mes? ¿Y sobre coronavirus?

Dice Kahneman que “las estimaciones de causas de muerte están distorsionadas por su cobertura mediática. La cobertura misma se halla sesgada hacia la novedad y el dramatismo”. Agrega, además que “[e]l mundo que imaginamos no es una réplica precisa de la realidad; nuestras expectativas sobre la frecuencia de los acontecimientos están distorsionadas por la prevalencia y la intensidad emocional de los mensajes que nos llegan”.

Para esto les presentamos la primera pregunta: ¿Cuál de las siguientes causas, estimas, ha generado más muertes en lo que va del año?

Y se contaban con 4 opciones: Infarto, Coronavirus, Accidentes de tránsito y VIH.

Para ponernos en contexto, en el momento en que se hizo la encuesta habían muerto unas 205.000 personas a causa del coronavirus en el mundo, habiendo transcurrido aproximadamente un tercio del año. Según la OMS, 7.4 millones de personas mueren al año a causa de infartos, es decir que para ese entonces habían muerto unas 2.5 millones de personas atribuibles a este motivo. Respecto al VIH, la estadística es menos precisa, pero se ubica entre 500.000 y un millón de muertes al año, mas si consideramos las muertes de 2019, según el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA, que fueron alrededor de 690.000, para el momento de la encuesta habían muerto unas 230.000 personas por esta causa. Por último, también según la OMS, mueren al año unas 1.3 millones de personas a causa de accidentes de tránsito, es decir que para ese entonces habían muerto unas 430.000. Es decir que habían muerto casi 6 personas a causa de infartos por cada persona que murió en un accidente, y que había más muertos por VIH que por coronavirus.

Semejante diferencia nos llevaría a pensar que todos tenemos clara cuál es la principal causa, sin embargo, sólo el 32,3% de los encuestados acertaron. Un 16,6% dijo coronavirus, sólo un 4,5% dijo VIH y el abrumador 46,6% cree que los accidentes de tránsito han sido la principal causa. Esperábamos esta respuesta, pero así y todo nos sorprendió. ¿La razón? Probablemente los medios de comunicación jueguen un papel, y casos de conocidos cercanos también, incluso la locación geográfica podría ser relevante en este sentido.

En la misma línea, intentamos indagar cómo afecta esta heurística al momento de elegir el número de personas que fallecen por alguna de estas causas.

Les presentamos la segunda pregunta: ¿Cuántas personas, estimas, mueren al año a causa de VIH en el mundo?

No es sorprendente si tenemos en cuenta los resultados de la pregunta anterior. Sólo el 14,3% de los encuestados acertó. ¿Por qué estos resultados? Porque las personas extraemos estos números según la facilidad con que los ejemplos se nos vienen a la mente. ¿Cuántas veces oíste hablar de los números de muertos de VIH en los medios en los últimos 2 años? Quizás alcancen los dedos de las manos para contarlas.

¿Tiene noción la gente sobre la cantidad de personas que mueren al año por la principal causa?

Y así les presentamos la tercera pregunta: ¿Cuántas personas, estimas, mueren al año a causa de infartos? Al parecer sí tenían noción, pero no la mayoría. Un 28,7% respondió correctamente. Es extraño, sin embargo, que sólo el 29,16% de las personas que seleccionaron los infartos como la principal causa de muerte acertaron el número de muertes al año.

Por último, la cuarta pregunta: ¿Cuántas personas, estimas, mueren al año en Argentina a causa de neumonía e influenza?

 Se dice que entre 30 y 50 mil personas mueren al año en Argentina a causa de neumonía e influenza. La gente parece tener más en claro esto, un 33,6% respondió correctamente y sólo un 20,7% de la gente se situó en uno de los extremos. Curiosamente en los medios estuvo circulando información relacionada al tema los días anteriores a la encuesta. 

Como cierre, para pasar a algunas conclusiones, podemos decir que, de las 4 preguntas aquí aludidas, sólo el 2,24% de los encuestados respondió correctamente la totalidad de los interrogantes. El 6,73% respondió bien en 3 ocasiones, el 25,56% respondió bien en 2, el 28,7% respondió solo una bien y el 36,77% no fue capaz de contestar correctamente ni siquiera una de las preguntas.

Relacionando las respuestas de la encuesta anterior, si tomamos aquellas personas que respondieron ambas preguntas racionalmente nos da un total de 24, es decir, un 10.7% de los encuestados respondió “correctamente”, a lo que nos preguntamos “¿Cómo habrán respondido estas 24 personas, racionales, la primera pregunta sobre cuál de las causas han generado más muertes?”. Sólo 5 personas de las 24, es decir el 20,8% respondieron coronavirus, respuesta irracional, y 19, el 79,2% otra causa (más racional). Ahora, aquellas personas que respondieron ambas preguntas irracionalmente (discutidas en el primer artículo) suman un total de 39, es decir un 17,5% del total encuestado, de ellas 10, es decir un 25,6% eligieron coronavirus y 29, o lo que es lo mismo el 74,3%, otra causa.

Slovic dice, según Kahneman, que los medios producen un círculo acelerado por lo que él llama “empresarios de la disponibilidad”, que trabajan asegurando un flujo constante de noticias preocupantes. Intentemos resumir brevemente a lo que se refiere: Los medios instalan reportajes sobre un riesgo, atraen a una parte de la población y la dejan alarmada y preocupada. Esto da lugar a una mayor cobertura en los medios, generando más preocupación y repercusión. Pero respecto a ese riesgo, el peligro sentido por el público se exagera a medida que los medios compiten con titulares que atraigan una mayor atención. Algunos pueden alertar sobre esa exageración, pero ya es demasiado tarde. La sociedad no les presta atención y se vuelve hostil hacia aquél que diga que el peligro ha sido exagerado.

Es decir, un acontecimiento relativamente menor puede llevar al pánico generalizado y la intervención del gobierno a gran escala si los medios y la sociedad así lo quieren. A veces sin ser conscientes de todo esto.

Las cascadas de disponibilidad distorsionan las decisiones que tomamos las personas, por ejemplo, a la hora de intentar evitar riesgos. Es más probable que vayas a hacerte una revisión médica después de que a un conocido le detectaron una enfermedad peligrosa. Pero esto no se circunscribe a la esfera individual. La prioridad que el Estado le otorga a las diferentes posibilidades de asignación de recursos se ve afectada por el pasado reciente. Es probable que en los próximos años más recursos públicos sean destinados a reforzar el sistema de salud y a equipar las unidades académicas con material informático, independientemente de que la pandemia haya pasado o que el sistema anterior a la pandemia hubiera sido eficiente. 

Considerando todo esto, ¿qué tanto se puede confiar en los expertos?

Para Slovic, citado por Kahneman, “el público tiene un concepto más rico de los riesgos que los expertos”. Este fundamento nos ayuda a oponernos a “la idea de que expertos tienen que mandar y sus opiniones han de aceptarse sin objeción cuando están en conflicto con las opiniones y deseos de otros ciudadanos”. En el caso de la pandemia de coronavirus, esos expertos son los infectólogos y los hacedores de políticas. Es difícil aislar a los expertos de las emociones, y aun cuando esto se consiguiera, si las políticas que aconsejan van en contra de las emociones de la sociedad, será esta misma quien las rechace.

Como dice Taleb refiriéndose a la aversión al riesgo, “lo importante no es lo que una persona tiene o no tiene, es lo que teme perder”.Podemos entender entonces que mientras una persona más tenga por perder, generalmente, más riesgos estará dispuesta a asumir para solventarlo y si puede transferir el riesgo, lo hará en niveles más extremos. Así políticos, periodistas, epidemiólogos, entre otros, tienden a exagerar, e irse a extremos en cuanto a medidas políticas, al contenido de la información que transmiten y en las medidas epidemiológicas contra el coronavirus, ¿Por qué? Porque tienen mucho que perder, como la reputación frente a los colegas, los epidemiólogos, miedo porque se mueran más de “x” cantidad de personas por coronavirus (y así dejan de lado otras causas de muertes como vimos en el artículo 1), los periodistas temen por la mala critica de sus colegas por en contra de los establecido, por ser políticamente incorrectos y los políticos no pueden ver más allá de las próximas elecciones, temen por la reelección. Por lo tanto, podemos notar cómo la aversión a la pérdida puede ser que esté funcionando como un potenciador de la heurística de la disponibilidad generada en la sociedad.

Relacionando a Slovic con Taleb podemos entender por qué “el público tiene un concepto más rico de los riesgos que los expertos”. Y es porque el público es quien se juega la piel, quien arriesga su trabajo, su vida y va en contra de la corriente por él y su familia y algunos (los menos) por la sociedad. “El público” es gente que no actúa para cuidar su reputación ni pensando en las próximas elecciones y que tampoco puede ni quiere transferir el riesgo que asume, sino que actúa en pos de mantener y mejorar su forma de vida, y la sociedad, haciéndose cargo de todos los riesgos que esto conlleve, lo que produce que no se asuman riesgos extremadamente altos y si un individuo los asume no estaría obligando a toda la sociedad a tomar su decisión.

Finalmente, abordemos la heurística de la disponibilidad de una manera más rigurosa.

Tal como dice Kahneman, la imaginabilidad desempeña un importante papel en la evaluación de probabilidades de la vida real. Y esto se hace evidente cuando lo planteamos a través de un ejemplo. ¿Cuántas veces dejaste de hacer un deporte riesgoso porque lo imaginaste demasiado riesgoso? Es probable que hayas escuchado sobre un aficionado al parapente que perdió el control del artefacto y murió al caer desde gran altura. ¿Pero leíste algo sobre los miles que hacen esta actividad a diario y jamás corrieron peligro? Probablemente no. Esto no significa que no hay que ser precavidos, sólo indica que, muchas veces, la facilidad con la que imágenes desagradables sobre las posibles contingencias de una acción que vienen a la mente nos lleva a sobreestimar el verdadero riesgo que estas actividades acarrean. Pero también opera a la inversa. El riesgo en algunos casos puede ser subestimado. Por ejemplo, muy poca gente que comienza una empresa tiene una noción precisa sobre las posibilidades de éxito. En ambos casos se presentan lo que se conoce como un “olvido de la probabilidad”, nos acordamos del numerador (las veces que algo sale mal o bien) y nos olvidamos del denominador (la totalidad de las veces, la suma de las que salen mal y las que salen bien). Esto puede llevarnos a la exageración de amenazas menores con consecuencias importantes

Para finalizar queremos recordar al lector para que tenga presente esto que dice Taleb “la historia es, fundamentalmente, paz interrumpida por guerras, no guerras interrumpidas por paz”. Y podríamos cambiarla un poco a la frase dado el contexto y quedaría algo así como, “es paz interrumpida por pandemias”. El coronavirus pasará y serán unas hojas más en los libros de historia. Ser conscientes de estas heurísticas y sesgos nombradas en primer artículo y en éste es de suma importancia para no volver a caer en los juegos políticos ni quedarse paralizado.

Las referencias recurrentes que se hacen en el texto a Daniel Kahneman están basadas en su libro “Pensar rápido, pensar despacio” publicado en 2011.

Las referencias recurrentes que se hacen en el texto a Nassim Nicholas Taleb están basadas en su libro “Jugarse la Piel” publicado en 2017.

Por Joaquín Eduardo Aranguiz Atrio, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario.

Por Renzo Kobrinsky, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario y coordinador del Grupo Joven de la Fundación Libertad.

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