POR JOAQUIN EDUARDO ARANGUIZ ATRIO Y RENZO KOBRINSKY
El contexto de pandemia y las decisiones que toman a diario tanto los hacedores de políticas como las personas de a pie nos invita a pensar e intentar descubrir la manera en que las personas se comportan. Muchas disciplinas que estudian al ser humano en algún ámbito de su vida, entre ellas algunas escuelas de economía, han desarrollados teorías y modelos a través de los cuales pretenden explicar la realidad: consideran al humano como un átomo, que se comporta prácticamente como un robot, de manera mecánica, priorizándose exclusivamente a sí mismo y tomando decisiones de forma autónoma y sin que esa decisión se vea afectada por lo que hacen, o se espera que hagan, el resto de las personas.
No es sorprendente que, a causa de esto, no puedan cumplir con su cometido porque ignoran ciertos sesgos o heurísticas del comportamiento humano que han sido señaladas por muchos profesionales de la economía, la psicología y otros que han trabajado de forma interdisciplinaria para entender la toma de decisiones de las personas.
El famoso psicólogo Daniel Kahneman, ganador de un premio Nobel en Economía, hace referencia en su libro “Pensar rápido, pensar despacio” a dos sistemas de la mente. El Sistema 1, que opera de manera rápida y automática y el Sistema 2, que centra la atención en las actividades mentales esforzadas que lo demandan, como los cálculos complejos.
Cuando hablamos de racionalidad nos enfocamos, fundamentalmente, en las decisiones que toma el Sistema 2 pero no por ello decimos que todas las actividades automáticas tomadas por el Sistema 1 sean irracionales. Sino que las elecciones tomadas por el sistema 2 son, en mayor medida, racionalmente deliberadas. Y por racionalidad entendemos a la característica de todas aquellas acciones/elecciones en pos de la supervivencia y para evitar el fracaso. Más fácil, es cómo se maneja el riesgo.
Así lo expresa Kahneman: “Cuando pensamos en nosotros mismos, nos identificamos con el Sistema 2, con el yo consciente, racional, que tiene creencias, hace elecciones y decide qué pensar y qué hacer”. Mientras que describe al Sistema 1 de la siguiente manera, “(…) como el que sin esfuerzo genera impresiones y sentimientos que son las fuentes principales de las creencias explícitas y las elecciones deliberadas del Sistema 2”.
Nuestro estudio consistía en realizar seis preguntas en un orden preestablecido a personas de diferentes edades, ocupaciones e ideologías, intentando que la muestra fuera lo más heterogénea posible. Las preguntas tenían la modalidad de opción múltiple y estaban contenidas en un formulario en línea, siendo sus respuestas anónimas para evitar intimidar a las personas. Finalmente, conseguimos más de doscientas personas dispuestas a responder.
En definitiva, el objetivo era indagar sobre dos cuestiones muy sencillas, pero a la vez muy profundas: ¿Cómo piensan y toman decisiones las personas? Y, ¿qué tan buena es la información de que disponen las personas para su toma de decisiones? De alguna manera, con esta última se podría explorar cuáles son los factores que determinan la calidad de esa información y el rol que juega nuestra mente. La primera pregunta será abordada en este artículo, mientras que la segunda, de la cual se sacan conclusiones muy interesantes, será tratada en un segundo artículo.
En reiteradas ocasiones se ha sostenido que la gente tiene un comportamiento y una forma de pensar estadística, sopesando sus posibilidades y tomando decisiones sobre la base de las probabilidades que se le asignan a diferentes sucesos. No hace falta probar que esto, de hecho, no es así en la realidad. Pero constituye la base de muchos modelos que se consideran a la hora de diseñar políticas públicas, donde se piensa que la gente se comportará, en promedio, bajo criterios de racionalidad casi perfecta.
La primera pregunta del cuestionario, entonces, rezaba lo siguiente:
“Si tuvieras que elegir una de las siguientes probabilidades, ¿cuál elegirías?:
- La probabilidad del 100% de que sólo mueran 10 personas hoy.
- La probabilidad del 85% de que sólo mueran 40 personas en 6 meses.”
Una persona que tuviera pensamiento estadístico y puramente racional, elegiría la opción “a” sin dudar. Puesto que el valor esperado de la primera elección es de 10 muertes, mientras que en la segunda se eleva a 34 decesos. Sin embargo, el 44,4% de los encuestados eligió la opción “b” contra el 56,6% que escogió la opción “a”.
Si bien es cierto que sería poco riguroso esperar que el 100% de los encuestados sopesara las probabilidades, se tomara el tiempo de buscar una calculadora o siquiera supiera qué implica la diferencia entre esas probabilidades, resulta también cierto que es poco probable que la gente haya elegido la respuesta de forma azarosa. Una posible explicación se da en la esperanza excesiva que la gente le coloca al 15% restante. Algunos podrían considerar ese 15% con un gran optimismo, y quizá se inclinan por esa opción esperando que ninguno de los 40 tenga un final trágico.
No obstante, al final del cuestionario, luego de tener un tiempo a las personas respondiendo preguntas que nos ayudarían a vislumbrar el tema que será tratado en el siguiente artículo, volvemos sobre la primera temática con la pregunta siguiente, muy similar a la descrita anteriormente:
“Si tuvieras que elegir una de las siguientes probabilidades, ¿cuál elegirías?
- La probabilidad del 100% de que sólo mueran 10 personas hoy.
- La probabilidad del 10% de que sólo mueran 90 personas en 6 meses.”
Nuevamente, una persona perfectamente racional que sopesara las probabilidades, se inclinaría en este caso por la opción “b”, pues el valor esperado son 9 muertes contra las 10 seguras de la primera opción. No obstante, sólo el 51,1% escogió la elección que haría una persona “puramente racional”, mientras que el 49,9% restante eligió la opción a.
Hay dos cuestiones no mencionadas que también son relevantes, primero la temporal. Si vuelven a leer las opciones verán que en ambos casos existe una de las opciones que enfatiza “hoy” y la otra “en 6 meses”. El darle a la elección una diferencia en el momento del efecto podría llegar a ser muy relevante. ¿En seis meses podrían nacer más personas y entonces se compensaría en parte la elección? ¿Preferimos diferir el efecto de la elección? ¿En 6 meses aparecerá alguna solución que evitará las muertes? ¿Podremos prepararnos mejor psicológicamente para las muertes por más que estas sean inevitables? Nos invita a plantearnos muchos más interrogantes sobre la forma en que las personas descuentan el futuro, las preferencias intertemporales, y la consistencia de las preferencias con el paso del tiempo.
Y, segundo, la aversión a las pérdidas. Como se darán cuenta, en ambas elecciones se está perdiendo, es decir, estamos entre una pérdida segura y una pérdida mayor (y hay algo más significativo, y es que, ¡son pérdidas de vidas humanas!). Por lo tanto, es de esperar una búsqueda de mayor riesgo a la hora de elegir, dado que puede incurrirse en un exceso de confianza y, por ende, subestimarse el riesgo. Más simple: si estás entre perder y perder mucho, vas a arriesgarte más que si estuvieras entre una ganancia segura y una pérdida o ganancia menor.
Evidentemente, no nos podemos sumergir en la mente de cada una de las personas que accedió a contestar y pedir explicaciones por la elección puesto que podría haber causado una merma en el número de gente dispuesta a responder.
No está tan claro que la gente haya depositado esperanzas excesivas (que no es otra cosa que una subestimación del riesgo) en el 15% de probabilidades restantes en la primera pregunta, es simplemente una hipótesis basada en estudios similares, ni tampoco está tan claro que la gente haya elegido la opción “b” en la última pregunta por haber hecho un análisis simple de probabilidad o porque al leer 10% interpreta que es mucho menos probable que esas personas mueran. Algunos podrían creer que los que eligen la opción “a” lo hacen porque se ven abrumados frente a la diferencia en el número de personas entre una elección y otra (10 contra 90), suponiendo que en caso que ese 10% se impusiera sobre el 90% restante, estarían enviando a 80 personas más a la muerte. Son muchas posibles hipótesis que requerirían ir más allá de la simple elección y comenzar a indagar las razones que llevan a las personas a inclinarse por una o por otra.
Más allá de esas salvedades, es interesante recurrir a la clasificación que se hace muchas veces entre personas como aquellas que son más racionales y aquellas que apelan una mayor parte del tiempo a la “irracionalidad” o lo “visceral”. Si bien es claro que todas las personas se ven afectadas tanto por su Sistema 1 como por su Sistema 2, muchas veces asumimos que algunas se ven mayormente influidas por uno de los dos sistemas.
Al respecto, resulta muy interesante realizar la siguiente observación: sólo el 10,76% de las personas eligió las dos opciones “puramente racionales” y el 17,49% eligió las dos “irracionales”. Sólo el 24,24% de los que eligieron la opción racional en la primera pregunta, volvieron a hacerlo en la última pregunta. El 31,45% que eligió la opción irracional en la primera, lo hizo también en la segunda. Es decir, hay poca evidencia de que exista una alta correlación entre las elecciones en una y otra pregunta que nos lleve a afirmar que existen dos grupos de personas bien definidos entre los que se comportan racionalmente y los que no. Al parecer, en una elección de este tipo subyacen otros factores más allá de simples números.
En esencia, suena un poco macabro e impensable que una persona haga este tipo de elecciones en la vida real, pero no es muy lejano a lo que muchos gobernantes hacen a diario en un contexto de emergencia como el que se atraviesa durante la pandemia del coronavirus. Con sus decisiones indirectamente están eligiendo entre opciones parecidas, un poco más complejas e intrincadas pero parecidas al fin. Y, dentro del marco de la economía del comportamiento en el que desarrollamos este análisis, podemos decir que sabemos que los gobernantes tienden a tomar decisiones de manera que coincidan con los temores de la gente antes que teniendo en cuenta las probabilidades. Entonces, podemos imaginar que los hacedores de políticas públicas estarán interesados en aumentar nuestro temor o nuestro optimismo a través de recordar repetidamente un suceso que terminó bien o mal, dependiendo su conveniencia. Y con este final nos referimos a la heurística de la disponibilidad, la cual abordaremos en un artículo que saldrá próximamente.
Por Joaquín Eduardo Aranguiz Atrio, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario.
Por Renzo Kobrinsky, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario y coordinador del Grupo Joven de la Fundación Libertad.