Grupo Joven Fundación Libertad

LA REALIDAD DESCONOCIDA DEL CAMPO ARGENTINO

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ALEJO DE ANGELIS

Durante décadas el campo fue sofocado con el mero fin de financiar el altísimo gasto público, más específicamente el déficit fiscal y sostener la economía argentina. Por otro lado, una mayoría de la población sostiene que dicho sector se queja sin justificación manifestando “¿De qué se queja el campo si ganan mucha plata?”, “¿Por qué no dicen nada cuando las cosechas son buenas” o “¿Ah, pero cuando invierten nadie dice nada?”. Todo esto como si fuese su culpa el malestar por el cual está transitando Argentina.

Considero que habría que conocer la realidad que enfrenta este rubro en la actualidad de nuestro país y es por eso que decidí sumergirme en el tema investigando un informe que difundió la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), “El Campo Argentino en Números” realizado en noviembre del año 2019. Este informe revela el aporte o auxilio que nos brinda el campo, de forma que ofrece 2 de cada 10 puestos de trabajos equivalente al 22% del total de puestos de trabajo nacional privado y a 3.7 millones de empleos. Un aporte tributario que asciende a $1 de cada $9, un 10.6% de los impuestos. No solamente contribuye en gran parte con los impuestos y puestos de trabajo, sino que también US$ 6 de cada US$ 10 que se generan por exportación provienen del campo, un 60% total de las exportaciones argentinas, los cuales nos permiten importar electrónica, energía y autos, entre otros. Además $1 de cada $9 del Producto Bruto Interno (PBI) vienen del sector, igual al 9.92% del PBI argentino. Para dar un cierre con este informe me gustaría citar algunos de los ejemplos que nos otorga en cuanto a productividad anual: producimos carnes para Argentina y otros 112 países, sembramos 51 millones de veces la cancha de Estudiantes de La Plata (36,5 millones de hectáreas), el empleo que genera cada barco de granos da sustento a 110 familias, la producción argentina de biocombustibles equivale a dar la vuelta a la luna 4 millones de veces (3.858 millones de litros) y las ventas de maquinarias agrícolas en USD 1.097 millones (el 67% de origen nacional).

Sin embargo, este informe no me fue suficiente para ponerme al menos en los pies de los productores y entender su realidad y es por eso que decidí entrevistar a un productor agropecuario de la ciudad de Rosario, quien desarrolla sus actividades en las afueras de la ciudad, dedicando principalmente su actividad al trabajo a la agricultura y la cría de aves, donde este último es un servicio tercerizado que ofrece a empresas.

Me contó que para la crianza de las aves fue necesario construir 6 galpones con un costo de U$S 100.000, cuyo mantenimiento y pago de impuestos municipales ascienden a $ 30.000, $ 45.000 por el servicio de la luz y $ 1.5 de gas por pollo. Este servicio da la posibilidad de llevar a cabo una crianza de 120.000 pollos, la cual perdura por 55 días, se refleja en 5 crianzas y media anuales. La retribución del mismo es de $ 12 por pollo, equivalente a $ 4 el kilo en un total de 116.000 aves, dado que no todas sobreviven debido a alguna enfermedad que puede sufrir, pero cabe destacar que la crianza cuenta con un servicio de veterinaria.

Dejando de lado la crianza, para poder trabajar su tierra necesita invertir U$S 650 de maíz y U$S 350 de soja (ambos por hectárea). La primera semilla equivale a 50 quintales y la segunda 18 quintales, cabe aclarar que un quintal es igual a 100 kg. Para introducirme más en este tema me comenta que la soja se siembra entre los meses de octubre y noviembre y luego se cosecha entre abril y mayo. Por otro lado, el maíz se siembra en septiembre y se cosecha entre febrero y marzo. Si las condiciones son buenas de ambas cosechas, la soja puede llegar a rendir 29 quintales, dejando una ganancia neta de 11. Por su parte, el maíz brindaría 90 quintales, obteniéndose una ganancia neta de 40. En caso contrario, de una buena cosecha por malas condiciones climáticas o económico-financieras, las cosechas apenas rinden lo suficiente para cubrir la inversión inicial y es allí donde el productor incurre en grandes pérdidas en las cuales el Estado no solamente se ausenta para darle apoyo, sino que mantiene su postura de cobrar los innumerables impuestos.

Para poner mejor estos datos en números: el 40% de lo producido se lo lleva el Gobierno, el 48% representan los costos de producción, y si la cosecha fue realmente “buena”, el 12% se lo lleva el productor. De lo contrario, si no se dieron las condiciones, el productor pierde esa ganancia. Mencionándolos, ingresos brutos, IVA, impuesto inmobiliario, derecho de exportación, impuesto al combustible, impuesto a los créditos y débitos bancarios, bienes personales, derecho de registro e inspección. Otra situación que asfixia al productor son las contribuciones patronales y los aportes que se le hacen al fisco por cada trabajador que decide emplear. La mano de obra, por cuestiones obvias, es indispensable para este rubro, ya que hay épocas en donde es de muy alta importancia. Pero no todo es color de rosas, ya que ha tenido que despedir empleados a lo largo de la existencia de su empresa debido a la alta carga impositiva mencionada anteriormente, afectando tanto al empleador como al empleado. Indiscutiblemente el productor no está a favor del rol que tiene actualmente el Estado por razones obvias. La situación económico-financiera del país no ayuda al progreso de los trabajadores del campo, por un lado, por la alta presión fiscal que sufre el sector, también porque ante una mala cosecha el Estado nunca ayuda al productor, sino que lo sigue explotando. Y, por otro lado, por la constante devaluación de la moneda argentina, que afecta directamente los costos de producción, haciendo que estos aumenten constantemente provocando un menor rendimiento.

Por consecuente, nuestro país no es atractivo para los inversores, y no lo será a menos que se cambie radicalmente nuestra forma de ver al empresario y la idea de que el intervenir en el mercado efectuando controles de precios es beneficioso para todos cuando en realidad no lo es. Donde permanentemente se cambian las reglas de juego, creándose nuevos impuestos como, por ejemplo, el nuevo “dólar solidario” quitándote las libertades de optar qué hacer con tu patrimonio y nombrarlo como fuga de capitales, el “Impuesto Patriótico” que, si bien fue rechazado, no me cabe duda de que se tratará de introducir tarde o temprano. Además de la permanente inflación y devaluación de nuestra moneda, la constante caída de nuestra actividad económica y puestos de trabajos y el cierre progresivo de múltiples empresas que en un futuro no vuelven a nacer. Las inversiones que llevan a cabo los productores locales se realizan para no quedar obsoletos en materia de tecnología debido a que la misma es un factor de crecimiento/desarrollo en el largo plazo que facilita la forma de llevar a cabo la labor y aumenta considerablemente el rendimiento de las cosechas.

 

Por Alejo De Angelis, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario y miembro de Grupo Joven de la Fundación Libertad.

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