LISANDRO FASANO
Como consecuencia del Covid-19 y la reducción de la actividad del hombre a nivel global se ha visto un avance de la naturaleza en varios lugares a lo largo del planeta, un descanso de lo que parece el destructivo avance del hombre y su tecnología a causa de una amenaza hacia su vida.
Ahora bien, al juzgar o incluso endemoniar el desarrollo y los avances tecnológicos conseguidos por el ser humano se hace fácil olvidar muchos aspectos que normalmente se dejan de lado solamente por el hecho de estar tan acostumbrados al estándar de vida que poseemos y por el distanciamiento de muchas de las dificultades que habría que afrontar de no ser por ese “maldito» desarrollo.
Para empezar, simplemente vale destacar el hecho de que, sin el avance de la tecnología, por ejemplo, en el agro, ninguno de nosotros podría estar aislado en su casa. Lejos de eso. Cada uno debería producir por sí mismo lo que lo alimentaría día a día a nosotros y nuestra familia, aunque el virus probablemente terminara con nuestra vida.
Cualquiera podría decir que la urbanización es un proceso que lleva siglos ocurriendo, y lo haría con razón, mas allá de que claramente la urbanización desde el último siglo es incomparable con la de siglos atrás. Señalemos, entonces, otro ejemplo bastante más cercano a nuestra era: en el campo de la medicina la vacuna de Pasteur contra la rabia tiene menos de 150 años y la vacuna contra la viruela (la primera de la historia) 224 años. Por su parte, la penicilina, descubrimiento clave para el desarrollo de antibióticos, tiene menos de 100 años. Imagínense un mundo sin estos.
Otro ejemplo, quizás menos necesario para la supervivencia, es la Internet, con menos de 50 años, que no es lo mismo que navegadores web (Internet Explorer, Mozilla Firefox, Google Chrome), que es con lo que la mayoría de las personas estamos familiarizados. El primero de estos fue desarrollado en 1990, hace 30 años. No sólo hace que la cuarentena sea muchísimo más llevadera, sino que es una herramienta que en este momento también juega un papel importantísimo al facilitar toda la información relevante acerca de cómo combatir este virus casi al instante en cualquier parte del mundo
Como estos hay miles de ejemplos que se podrían seguir mencionando hasta el cansancio y cuyos beneficios están claramente a la vista. Por caso, el celular: quedarse sin batería es prácticamente una tortura con una tarea importante que realizar; ahora imagínense tener que asistir a una reunión de trabajo importante y sufrir un imprevisto sin celular, o que lo sufra la persona a la que estamos esperando puntualmente como habíamos pactado días antes.
Bien se podría decir que todos estos avances serían en vano si a fin de cuentas terminaran causando un daño irreversible al medio ambiente del que todos formamos parte: cada vez se hace más presente esta visión de que el mismo deseo del hombre de querer moldear la naturaleza a su antojo terminará causándole un daño irreversible; es necesario destacar que a esta postura, como a todo, se le debe hacer el análisis correspondiente.
El concepto del daño que puede acarrear la actividad del hombre es relativamente nuevo y tiene una explicación lógica: con la cantidad de problemas mencionados anteriormente resueltos es fácil pasar a realizarse la pregunta “¿Qué estamos haciendo con el planeta? ¿Qué le estamos dejando a nuestros hijos? ¿Y a los hijos de ellos?”.
En cambio: ¿Qué pasaría si la disyuntiva se planteara respecto a tener que elegir entre la perspectiva a largo plazo de un bosque o lago y el bienestar inmediato de un hijo? Realmente no hay mucho que pensar. ¿A qué apunto con esto? Recién con una mayor riqueza, niños que que no mueran a temprana edad, básicamente que sobrevivan, la pregunta puede pasar a ser si queremos tener un poco más de plata en el bolsillo o un bosque y un lago sustentable; y en la generalidad, cuando se presenta esta posibilidad, se opta por la segunda opción y se actúa en consecuencia.
La atención hacia este problema llevó a que cada vez se realicen más estudios sobre este tema y, más importante aún, lleva a cambiar nuestra actitud como consumidores, votantes y básicamente como individuos. No es casualidad que las políticas ambientales sea una parte cada vez más importante de la política. ¿De qué política? De la política de países que lograron resolver los problemas que se plantearon anteriormente.
Parece fácil decir que los países en vías de desarrollo deberían optar directamente por energías renovables, seguido a ese pensamiento deberíamos preguntarnos: ¿puede un país como Nigeria, por ejemplo, en que sólo el 54,4% de la población accede a la electricidad (dato del Banco Mundial del año 2017, el más reciente) elegir invertir en energía solar? Sería más sustentable sin duda; pero al invertir “x” cantidad de dinero en energía solar estaría eligiendo una alternativa más costosa que, por poner un ejemplo, energía generada a base de combustibles fósiles. ¿No debería intentar resolver primero tener una probabilidad de muerte a los 5-14 años del 19.9% cuando la media del mundo es del 7.1% (dato del Banco Mundial, año 2018)? ¿O enfocarse en que su esperanza de vida en mujeres es 20 años menos que el promedio del mundo? La respuesta parece estar a la vista.
Lejos de intentar quitarle importancia al cambio climático, lo que intento decir es que es necesario realizar un análisis más profundo de lo que normalmente se plantea en muchos medios o en la vida cotidiana. “El avance del ser humano destruye al planeta”. Sí, lo hace y lo hizo siempre: ¿Cuántas personas creerían que Londres rondando la mitad de siglo XX era una ciudad en la que se dificultaba ver a causa del humo generado por la quema de carbones para calentar las casas? ¿Que el Támesis fue declarado biológicamente muerto en 1957 y que los periódicos lo describían como una cloaca gigante? Incluso Arthur Conan Doyle hace referencia en uno de sus cuentos de Sherlock Holmes a la nube de humo que cubría a Londres en ese entonces, como “la gran niebla del 52” se conoció.
Hoy en día, lejos de ese recuerdo, el aire de la ciudad de Londres está cada vez menos contaminado desde 1970 (según DEFRA Department for Environment, Food and Rural Affairs) y el Reino Unido se encuentra sexto en el ranking del 2018 del Índice de Desempeño Ambiental (Yale Center for Environmental Law & Policy, Yale University), índice que intenta reflejar la sustentabilidad ambiental. En los primeros puestos se encuentran países como Suiza, Francia, Dinamarca, Malta, Suecia mientras que en el otro extremo encontramos países como Republica Democrática del Congo, Bangladesh, India, Haití, Nigeria. Una conclusión a la que se podría llegar al examinar el índice es que a medida que los países aumentan su riqueza también lo hace su preocupación por cuidar el medio ambiente, ejemplos de descontaminación de ríos por ejemplos se dan en países como Francia (Río Sena), Inglaterra (Río Támesis), el Río Rin (que recorre varios países de Europa), EE.UU. (Río Cuyahoga), los cuales necesitaron de inversiones de millones e incluso de miles de millones de dólares.
Normalmente los avances tecnológicos que permiten contaminar menos, sea por utilizar más eficientemente recursos no renovables o posibilitando que se dejen de utilizar como con las energías alternativas, se dan y ponen en práctica en los países que ya resolvieron esos problemas fundamentales. Intentar alterar el orden del desarrollo y la riqueza permite la posibilidad de elegir cuidar del medio ambiente es un error que debemos dejar atrás, racionalizando al máximo el problema y concientizando responsablemente sobre la importancia que tenemos como consumidores y votantes que pueden y deben exigir un accionar responsable, teniendo en cuenta como se intento comunicar a lo largo de este artículo que las elecciones se toman en base a las posibilidades de una sociedad y los incentivos que en ella prevalecen.
Por Lisandro Fasano, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario y miembro de Grupo Joven de la Fundación Libertad.
