«TE CUIDA EL ESTADO, NO EL MERCADO»

JOAQUÍN EDUARDO ARANGUIZ ATRIO 

El día miércoles 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró al brote de COVID-19 como pandemia. Desde ese momento no ha parado de crecer el número de contagios, de muertes y de países que se ven atravesados por el virus. Las acciones gubernamentales no se hicieron esperar. Sin embargo, no existe unanimidad respecto a la estrategia que un gobierno debe seguir en estos casos y ante la incertidumbre cada país ha optado por aquella que le parece más conveniente. Esta multiplicidad de estrategias ha despertado la discusión sobre las libertades individuales y los derechos de los ciudadanos, fundamentalmente en un contexto que no sólo tiene, y tendrá, efectos en la salud mundial, sino también en la economía.

Si bien el 16 de marzo del corriente año, el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, ha pedido a sus habitantes que eviten el contacto no esencial con otros, prohibiendo reuniones masivas y tomando medidas similares a la de los otros países europeos, algunos días atrás había tomado una postura diferente al resto del mundo, advirtiendo que muchos perderían a sus seres queridos en las siguientes semanas, sugiriendo que los que se encuentran en grupos de riesgo eviten el contacto social, pero sin limitar el tránsito del resto de habitantes, sin cerrar las escuelas, pubs o eventos en general y asegurando que no es posible, ni deseable limitar los contagios, ya que la gente necesita mi generar inmunidad para protegerse a futuro. El gobierno espera que el 80% de los ciudadanos se contagien y que 7.9 millones de personas necesiten atención hospitalaria.

Ha recibido cientos de críticas de parte de científicos, la prensa en general y aquellos que aseguran que aún no existe evidencia de que el virus vaya a mutar o de que contagiarse y curarse genere inmunidad, pero la decisión parece seguir el viejo lema inglés “Keep calm and carry on”, que fue parte de la propaganda esparcida desde 1939 previo a la Segunda Guerra Mundial, cuando un bombardeo o ataque con gases alemán era una posibilidad existente que acobardaba a los ciudadanos. Paradójicamente, usar esta expresión de tiempos de guerra nos pone en contexto sobre la situación que el mundo está atravesando, ya que medidas como las que están  tomando la mayoría de gobiernos no se han puesto en uso prácticamente nunca en la historia del mundo durante tiempos de paz.

Otro lema inglés nos dice “business as usual”, es decir, que todo siga como siempre. Y no es inusual ver este tipo de actitudes de parte de los ingleses, nación que supo ser la más poderosa en términos comerciales, políticos y financieros a nivel mundial, y no piensa claudicar ante nadie. Cuna del liberalismo, donde célebres pensadores como John Locke o Adam Smith dejaron que sus ideas fluyan, Gran Bretaña ha sido acusada en estos días como el país que sacrifica a los más débiles y que prioriza la economía por sobre la salud. En este punto advertimos que el efecto del COVID-19 no se limita al campo de la salubridad y es que el efecto económico que tendrán las medidas que se implementaron para frenar el virus a nivel global es aún incalculable porque no sabemos la dimensión total que tendrá la pandemia. Esto abre una discusión aparte con los que dicen que los efectos económicos serán aún más grandes si se deja que el virus fluya.

Es cierto que ante la aparición de problemas que no podemos resolver por nosotros mismos siempre habrá grupos que pidan una solución por parte del Estado. Lo que, a veces, es erróneo es creer que el Estado tendrá éxito en la intervención y que la única solución posible proviene del Estado. Aún es demasiado pronto para saber si las medidas tomadas por la mayoría de países tendrán éxito en el control de la pandemia, e incluso en caso de controlarse no serán pocos los que intenten estudiar si fue efectivamente el papel del Estado el que lo hizo posible o fueron otros factores los responsables. Aún así, supongamos por un momento que el Estado logrará controlarlo y que sólo la acción de éste alcanza para tal fin, es entonces cuando se nos presenta un interrogante no menor, ¿hasta qué punto se justifica la intervención? No han faltado los comentarios en estos días que aducen a que “Los liberales ante el menor problema, piden más Estado”, “Te cuida el Estado, no el Mercado”, “Los que pedían menos impuestos, ahora piden más gasto”. ¿Es esto real? ¿La intervención en caso de una pandemia es incompatible con la doctrina del Liberalismo?

                            

¿Qué hizo el resto? El primero en actuar fue China, donde la situación comenzó, mientras Occidente continuaba su vida normal. El gigante asiático no dudó en poner en cuarentena a toda la ciudad de Wuhan y a toda la provincia de Hubei, cerró escuelas, la mayoría de los lugares públicos, envió a las personas a trabajar a sus casas y estableció un estricto control en la entrada de cada local de comidas que permaneció abierto, en las estaciones de trenes y subterráneos, incluso cada alimento pedido por delivery venía acompañado de un certificado identificando la temperatura corporal de todas las personas que intervinieron en el proceso de su preparado. A esta altura parece que China, tras tantos días de intenso resguardo, tiene la situación controlada y está listo para volver a la normalidad, pero con un balance que acusa la pérdida de más de 3.000 personas, la mayor pérdida a nivel mundial hasta el momento.

Este mismo camino ha sido seguido por Italia y España, y está siendo imitado en menor o igual grado por Francia, Alemania, Estados Unidos, Argentina y casi todos los países de Europa occidental y América como un intento desesperado para no acabar igual. En las calles no hay un alma, se cancelaron los teatros, los eventos deportivos, los shoppings y se ha declarado estado de alarma o emergencia, impidiendo la circulación de las personas, salvo que puedan encuadrarse en alguna de las acotadas justificaciones como ir al supermercado, la farmacia, o por trabajar en algún sector esencial. El resto debe permanecer aislado en sus hogares.

Corea del Sur es el quinto país con más infectados, en torno a los 8.000, de los cuales se han confirmado 81 muertes. Si bien es cierto que las grandes concentraciones de personas se han prohibido al igual que en los países antes mencionados, no han llegado a aislar a ninguna ciudad o región, ni siquiera a Gyeongsang del Norte, donde se acumula el 90% de los casos. No obstante, no podemos decir que el gobierno no ha limitado la libertad de sus habitantes, puesto que la estrategia seguida ha sido el testeo masivo y la geolocalización de las personas a través de dos aplicaciones, una obligatoria para todo aquél que llegue al país proveniente de zonas de riesgo y una que avisa a los funcionarios si alguien que se encuentra en cuarentena por posible contagio sale de la zona de aislamiento.

       

No es el objetivo analizar definiciones de Liberalismo, pero el primer punto importante para señalar es que esta doctrina y filosofía de vida no es incompatible con la existencia del Estado, el liberalismo no es anarquista per se. Para defender las libertades de los individuos se exige una intervención mínima del Estado, fundamentalmente en aquellas situaciones en las cuales no existen otros mecanismos que las garanticen. ¿Es esta una de esas situaciones?

La pandemia de coronavirus, por sus características de contagio, puede abordarse como una falla de mercado, particularmente como una externalidad negativa. Una falla de mercado es una situación en la cual el mecanismo de mercado no puede asegurar la mejor asignación de recursos. Una externalidad negativa se da cuando alguien lleva a cabo alguna actividad sin asumir completamente todos los costos de la misma sino que se los traspasa a alguien más o, en el extremo, a toda la sociedad. 

Que una persona decida seguir la vida normal, sin aislarse o, en caso de tener el virus, sin respetar la cuarentena, perjudica potencialmente a las otras personas y no responde ante los costos que genera en los demás, podría contagiar a otras personas y estas a otras más. Es decir que argumentar que se debe dejar que un individuo circule normalmente porque de otra manera se estaría atentando contra sus libertades individuales, en este caso, no es justo, ya que el individuo estaría poniendo en jaque las libertades de los otros individuos y no asumiría las consecuencias, incluso podría atentar contra el derecho a la vida de los demás. Y no podemos recurrir al teorema de Coase, porque justamente estamos en una situación en la que los derechos de propiedad no están claramente definidos. Tampoco podemos pensar que por arte de magia todos los individuos se comportarán de una manera racional, midiendo el efecto de sus acciones sobre sí mismos y sobre los demás, ni que los que tengan un comportamiento indeseable serán pocos y se promediarán unos a otros, menos en países como Argentina donde la mayor parte de la población seguiría trabajando normalmente porque de otra manera no encontrarían sustento económico.

Esto no quiere decir que la acción del Estado sea la única forma de solucionar el problema, ni que toda acción del Estado sea justificable. Pero, al menos a corto plazo, es una solución posible. Así como frente a una situación de guerra la mayoría no querría que el poder y las decisiones estén dispersas entre los individuos, otras amenazas exteriores requieren la acción gubernamental y poderes centralizados. Lo cual no es incompatible con lo que propone el liberalismo.

Siguiendo a Juan Ramón Rallo, para algunos liberales el Estado debe proveer seguridad, ¿no es esta una cuestión de seguridad? Y para los que rechazan la existencia del Estado, arguyendo que otras instituciones lo reemplazarán, cabe hacerles esta pregunta: ¿Existen actualmente esas instituciones? Es claro que la coerción y cualquier tipo de violencia, en principio, es rechazable, pero en casos en los cuales la no violencia condujera a un caos más absoluto o incluso a la extinción del género humano, probablemente no sería rechazada. El punto clave es que en una situación así, el liberalismo velaría por la aplicación de la menor coerción posible durante el tiempo mínimo imprescindible. Incluso Friedrich Hayek en “Derecho, Legislación y Libertad” plantea que no son sólo el peligro de enemigos externos o insurrecciones internas, situaciones que deben ser resueltas por una organización que tenga poderes compulsivos, sino también, entre otros, desastres naturales, epidemias o similares que requieran tomar medidas para prevenirlos o remediarlos.

En definitiva, con el corto tiempo que llevamos viviendo esta pandemia, con los pocos estudios y datos que tenemos disponibles, aún es muy difícil hablar de aciertos y errores. El tiempo nos dirá si las medidas tomadas por unos y por otros han provocado los resultados esperados o no. Quizá con el viraje que ha tomado Gran Bretaña, luego de las críticas recibidas, nos perderemos (probablemente para bien) la oportunidad de presenciar un experimento natural sobre medidas diametralmente distintas. Pedir intervención del Estado en una situación así no significa romper con las ideas liberales, pero una situación dinámica como esta, nos invita a evaluar constantemente nuestra forma de pensar y analizar hasta qué punto le daremos cabida a la intervención estatal, situaciones en las que no podemos poner el foco por completo en el aspecto económico ya que la vida de miles está en juego.

Escrito el 17 de marzo

Por Joaquín Eduardo Aranguiz Atrio, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario.

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