EL VALOR DEL «VALOR»

JUAN MANUEL REDOLFI

Hace pocos días me enteré de algo extraño. Salieron publicadas en la página de un reconocido diario argentino unas fotos explicando que los dólares viejos (o “dólar cabeza chiquita” como se los denomina. Por cierto, en Argentina estamos acostumbrados a tener distintos “tipos” de dólares) eran comprados a un precio que oscilaba entre 2 a 5 pesos menos que su valor de mercado, con la excusa de que la gente no los quería porque “generaban desconfianza”.

Lo cierto es que los dólares viejos circulan sin problemas en los Estados Unidos y poseen el mismo valor que los nuevos. Sin embargo, no pude evitar que se me viniera a la cabeza el preguntarme por qué esta diferencia en la cotización. Primero, supuse que se debía a la famosa viveza criolla que a más de uno nos ha perjudicado alguna vez. Pero luego me resonó, casi de manera inmediata, esta famosa y tan debatida pregunta: ¿Qué determina el valor de las cosas? 

Adam Smith, conocido mundialmente como el padre de la economía, creía que el valor que las cosas poseían dependía de la cantidad de trabajo que éstas tenían incorporado. Él entendía que el trabajo era la unidad de medida exacta para cuantificar el valor de los bienes. Pongamos como ejemplo una pelota de fútbol. Podríamos suponer, siguiendo lo expresado por Smith, que una pelota chica, con la que juegan nenes de 5 o 6 años, vale menos que una pelota tamaño 5 que se usa para un partido de 11 contra 11, simplemente porque la pelota más grande tuvo una mayor cantidad de trabajo. Para hacer la pelota grande se usó más cuero, se necesitaron más horas de trabajo y hasta se usó más hilo para las costuras, por ende debería valer más en el mercado. ¿Bastante lógico no?

Resulta que existe un error en lo enunciado anteriormente. El valor que poseen los bienes no depende de los costos y el trabajo que estos hayan incorporado. El valor es subjetivo, es decir, lo determinan los consumidores a partir de las necesidades que tales bienes satisfacen. Para que se entienda volvamos al ejemplo anterior. Resulta ser que la pelota chica que, a priori, parecería valer menos que la grande, está firmada por un petiso que la rompe jugando en un club de Barcelona. Su apellido es Messi. Ahora, en el mercado, el valor de la pelota chiquita supera, por mucho, al de la pelota grande sin importar los costos en los cuales se haya incurrido para fabricar ambas. La gente estará dispuesta a pagar un montón de plata por tener la pelota autografiada por el mejor del mundo, salvo que sea fan de Ronaldo y del Real Madrid, donde posiblemente, al ser el valor subjetivo, esa persona pague más por la otra.

Entonces, a partir de ese simple ejemplo podemos confirmar la teoría de Carl Menger, considerado fundador de la Escuela Austríaca de Economía. En este sentido, es distinguido por el desarrollo de la Teoría del Valor Subjetivo. La misma plantea que lo determinante en el valor de un bien son las necesidades y las limitaciones de los individuos. De una forma sencilla podríamos explicar esto afirmando que el valor de las cosas está dado por la oferta y la demanda. Existen así muchos ejemplos a los cuales podríamos recurrir, ya sean cuadros, obras de arte, esculturas o hasta metales preciosos. Cabe destacar que durante muchos años, entre el 1500 y el 1600, los europeos intercambiaron con China oro por plata, porque en el país asiático, la plata era más cara que en Europa, algo impensado en el viejo continente. Si en China se intercambiaba por cada 5 gramos de plata uno de oro, en Europa tenías que dar 12 gramos de plata para conseguir uno de oro. Esto se daba simplemente por las preferencias de cada sociedad. Mientras que en Europa se valoraba menos la plata, en China su valor era mayor porque la sociedad demandaba más cantidad de este metal debido a que este era la base de su sistema monetario.

En nuestro querido país, la Argentina, parece que no tenemos muy en claro estos conceptos, o simplemente son ignorados por una gran mayoría al hablar de los formadores de precios o el aumento de los costos para explicar el precio de algún bien. Ni hablar de las exorbitantes regulaciones e intervenciones estatales en nuestra economía que año tras año nos han hundido cada vez más en una delicada situación que supongo que todos conocemos y es innecesario describir.

Volviendo al “dólar cabeza chica”, es entendible que debido al rechazo de la gente, es decir, un cambio en las preferencias de los consumidores, el cual se traduce como una baja en la demanda, su precio caiga a comparación de los otros dólares. Como ocurre con todos los bienes de nuestra economía, la oferta y la demanda de los agentes económicos (nosotros) determinarán los precios.

Este concepto básico de la economía de mercado junto con una escasa intervención estatal en la economía y una baja presión fiscal son aceptados en casi todo el mundo. Queda en nosotros, tanto en las viejas como en las nuevas generaciones, dejar de lado la idea paternalista estatal y abrazar las ideas del liberalismo que han sabido triunfar en tantos países que hoy admiramos y añoramos.

Por Juan Manuel Redolfi, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadísticas de la Universidad Nacional de Rosario y coordinador de Grupo Joven de la Fundación Libertad.

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