ALAN GALIANO
En Argentina nunca veremos una mayoría que se autodenomine “liberal”, seamos sinceros, pocos son los que quieren ser llamados liberales o de cualquier rama afín dentro de la misma corriente de pensamiento. No sólo que a través de los años hemos escuchado constantemente que muchos de los problemas socioeconómicos a los cuales los argentinos se han enfrentado han sido culpa de este movimiento, de haber sido demasiado liberales o de no haber intervenido lo suficiente (Qué paradójico, ¿no? El problema fue haber apostado por la libertad cuando nuestras mejores épocas fueron las más libres y nuestros próceres son conocidos por ser libertadores). Sino que, por si no fuera poco, es demasiado anti intuitivo, va en contra del sentido común, el argentino al menos y más aún contra la famosa “viveza criolla”.
El liberalismo necesita de personas libres y racionales, con un pensamiento crítico y lógico, ya que éste no es un movimiento en donde todo sea binario, blanco o negro, hay gran variedad de matices y no existe ningún tipo de dogma, de manera tal que no posee respuestas a todos los interrogantes que plantea la vida. Razón por la cual obliga constantemente a pensar y reflexionar, a veces hasta a cambiar de postura, por lo que es altamente dinámico y siempre innovador.
Pero como podemos advertir en la actualidad, la gente no quiere esto, por lo que realmente lucha es por un mayor confort y porque un tercero —generalmente el Estado— le satisfaga una gran multiplicidad de sus necesidades, algo así como una figura paterna. El pueblo en su mayoría ama las religiones y los partidos políticos que proyectan resolverle todos los problemas con medidas mágicas: ama los dogmas y desea fervientemente un capitán o un líder —un Führer— que les indique el camino o los guíe en una búsqueda hacia el mayor bienestar posible. Hay que reconocerle algo a Karl Marx, y es que la religión claramente es el opio de los pueblos, pero el populismo y las ideas socialistas también lo son.
El dogma causa tranquilidad mental, nos adormece y nos permite pensar que alguien más se hará cargo de todas aquellas cosas de las cuales nosotros simplemente no deseamos ocuparnos — ¿No ensuciar? ¿Para qué? Está el estado para barrernos la calle—. No hace falta realizar estudios sociológicos muy elaborados, simplemente veamos un rato la televisión (que por si no fuera poco, los medios argentinos lo único que hacen es desinformar) y observaremos casi todos los días mucha gente pidiendo por favor subrogar responsabilidad que antes le correspondía, al Estado. Día a día se evade cada vez más esta responsabilidad para poder culpar a un tercero.
Como bien decía Ludwig Von Mises sobre el triunfo de las ideas socialistas: “El éxito incomparable del marxismo se debe al hecho de que promete realizar los sueños y los viejos deseos de la humanidad y saciar sus resentimientos innatos. Promete el paraíso terrenal, una Jauja llena de felicidades y de goces, y el regalo más apetitoso para los desheredados: la humillación de todos aquellos que son más fuertes y mejores que la multitud. Enseña cómo eliminar la lógica y el pensamiento, debido a que hacen ver la estupidez de tales sueños de felicidad y venganza. El marxismo es la más radical de todas las reacciones contra el dominio del pensamiento científico sobre la vida y la acción establecido por el racionalismo. Es contrario a la lógica, a la ciencia, al Pensamiento.”
El liberalismo, en contraposición propone un valor fundamental: libertad. Sin embargo, al final del día la mayoría prefiere hacer un intercambio de este valor por otro valor o combinación de ellos. Lo vemos por ejemplo en el caso de la seguridad, cuando no tenemos problema en que nos revisen nuestros bolsos o documentos a cambio de estar más seguros, pero con gente con sentido común de verdad, ni siquiera necesitaríamos seguridad. Observemos que, en países un poco más civilizados, verbigracia Inglaterra, la policía no posee la necesidad de siquiera portar armas de fuego a la hora de patrullar. Sin embargo, aquí antes de hacernos cargo preferimos defendernos con un “es que aquel es otro país”. El porqué no se prefiere la libertad por encima de los demás valores es muy fácil de descifrar, la libertad lleva consigo arraigada la responsabilidad. Mientras más libre se sea más responsable también se debe ser, sino caeríamos en malas anarquías —o en cualquier punto de Argentina— donde realmente como sugería Hobbes, “homo homini lupus”: el hombre es el lobo del hombre.
Es decir, con un poco de libertad nos mataríamos entre nosotros. Lo bueno del liberalismo, es que uno puede convivir tranquilamente dentro de un espacio con gente que no piense como él. Podemos convivir muy bien con gente intolerante, por ejemplo, todos tenemos derecho a ser imbéciles, mientras ésta sólo piense de esa forma y no lo lleve al mundo terrenal. Lo que llamaríamos el principio de no agresión: «Siendo todos iguales e independientes, nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones». Por lo que el liberalismo se opone al robo, a cualquier tipo de violencia, al vandalismo, al fraude y demás, sin embargo, es legítima la defensa contra la agresión. No pasa lo mismo con otras personas amantes de ciertos dogmas, que pueden llegar a asesinar a otros por no pensar como ellos. Unos “policías del pensamiento” como diría Orwell.
Claramente, la conclusión que sacamos de todo lo aquí expuesto es que Argentina se enfrenta a un problema de valores. Problema causado principalmente por un gran Estado populista que a través de casi un siglo mediante sus instituciones adoctrinó a muchísima gente para que no pensara por sí misma y dependiera de él. Evidentemente no se sugiere que no haya un Estado, el anarco capitalismo es utópico y más aún en un país como este, donde las necesidades básicas de mucha gente ni siquiera están cubiertas. De hecho, debe haber un Estado presente, pero debe ser eficiente, debe ser fuerte, debe resolver aquellos problemas para los cuales se creó, de lo contrario se convierte en parte del problema. Como vemos en Argentina, el Estado no solo no ayuda a los más necesitados, sino que los hace aún más pobres y los hunde cada día más en la miseria. Observemos que con el monstruoso Estado que tenemos el pueblo sigue muriendo de hambre a sólo minutos de Capital Federal.
Razón por la cual, el liberalismo debe estar ahí para ayudar a comenzar a pensar diferente. A través de las Fundaciones se debe tratar de enseñar no solo a la gente de a pie, si no a los políticos también, que existe un mejor camino y lo único necesario es dejar el pasado atrás, pero aprendiendo de él y analizar a través de la lógica, todo lo que nos rodea.
Por Alan Galiano, estudiante de Contador público en la Facultad de Ciencias Económicas y estadísticas de la Universidad Nacional de Rosario.