RENZO KOBRINSKY
Es muy conocida en términos generales la justicia social, pero muy poco conocida en su significado y acción —desde el vamos, lo social ya es redundante debido a que la justicia solo la puede poseer el ser humano, y no las plantas, los minerales o los animales— tiene sus orígenes en la teoría marxista de “sociedad”. Es por esto que está intrínsecamente relacionada con la igualdad social, la igualdad de oportunidades, la redistribución de la riqueza, el estado de bienestar, y más eufemismos que pasan desapercibidos, vanagloriándose como algo que mejorará la vida de los ciudadanos en nombre de la justicia social. Estas palabrejas no son más que una contradicción en sí misma, puesto que dan la facultad a los gobernantes de actuar injustamente con la propiedad que les pertenece a unos, para entregársela a aquellos que por justicia no pertenece. En otras palabras, estos términos, por los que muchos organismos y un porcentaje muy grande de personas luchan y piden en mayor medida, lo que permite es dotar de poder a los gobernantes para la protección de ciertos grupos, lo que concluye con en el ataque (a las libertades individuales) e imposición de medidas a terceros, produciendo una caída general en la productividad, la inversión, y en los incentivos, por lo cual se termina sin llegar al objetivo final que buscan quienes dicen abogar por el bien común, por la justicia social.
No hay forma de que una persona pueda llegar a tener toda la información para poder saber lo que cada individuo quiere o merece. ¿Cómo podría saberlo si la información está fraccionada y dispersa entre millones de personas? Es imposible. Por lo tanto, cualquier interferencia sólo perjudicará el orden de mercado, el cual asigna por sí solo, de manera que cada uno tenga lo que merece. Solo el individuo sabe al momento de actuar en el mercado: qué, cómo, cuándo y en qué cantidad lo desea. Por otro lado, el vendedor sabe cuánto ofrecer a un determinado precio.
La justicia social, que como dijimos es lo mismo que decir igualdad de oportunidades, igualdad social, etc., es inviable porque los seres humanos no somos iguales ni podemos serlo. Cualquier interferencia para que ésto suceda será un acto puramente desigual ante la ley, ya que, para poder igualar, por ejemplo, las oportunidades se deberá violar la propiedad privada de un tercero o se deberá privar de ciertos actos a un individuo. Para ejemplificar esta situación, en un partido de fútbol, si Messi jugara en contra mío, debería hacerlo utilizando un solo pié para que juguemos “igual”. Claramente son actos injustos.
Cada individuo es desigual a otro tanto genéticamente como por esfuerzo y mérito en mayor o menor medida logrando, así, adquirir habilidades específicas. Éstas últimas son valoradas por el mercado según su utilidad y su escasez, entre otras cosas.
Como dice la frase de Juan de Mariana: “Abolido el cambio mutuo de productos, la sociedad sería imposible, y viviríamos todos inquietos, congojosos, sin que nosotros nos fiáramos de nuestros hijos, ni nuestros hijos de sus padres. ¿Por qué, pues, ha sido constituida la sociedad, sino porque no bastándose uno a sí mismo para procurarse los elementos necesarios de la vida pudiéramos suplir la escasez con el recíproco cambio de lo que cada quien tuviese, y le sobrase”?
La justicia social no hace otra cosa más que torcer el rumbo del orden natural, que como seres humanos somos parte; aunque no seamos perfectos, estamos dotados del principio de supervivencia y de la naturaleza social que nos lleva a relacionarnos. Por lo tanto, existe un orden social que funcionará correctamente mientras no sea interferido por el poder coercitivo de la fuerza. Entonces, cualquier acto en pos de la justicia social, ¿es en realidad justo? Claro que no. Debido a que es un método de proteccionismo económico a ciertos sectores, a costa del trabajo de otro.
Como afirma Hayek en una conferencia de 1976: “durante diez años me ocupe intensamente de descubrir el significado del concepto de ‘justicia social’. Mi intento fue un fracaso, o mejor dicho llegué a la conclusión de que para una sociedad de hombres libres esta palabra no tiene ningún tipo de sentido […] el concepto de ‘justicia social’ se utiliza hoy en día como sinónimo de ‘justicia distributiva’ […] ninguna regla imaginable de comportamiento de los individuos que en una economía de mercado se abastecen mutuamente de bienes y servicios, podría generar una distribución, de la que podría decirse sea justa o injusta […] el resultado global no puede calificarse de justo o injusto”. Lo que es claramente injusto es la interferencia en el proceso de la libre interacción entre los individuos y sus decisiones.
Cualquier acto en busca de la justicia social impedirá el crecimiento y perjudicará, aún más, las condiciones laborales presentes y futuras. Es decir, generará todo lo contrario a lo que se plantea llegar, como con muchos otros métodos que atacan las libertades individuales.
Esto es muy peligroso dado que este término disfraza las consecuencias negativas que trae consigo, y las disfraza de fines que supuestamente son “justos” y que serían para el “bien toda la sociedad”. Tan solamente tenemos que ver qué ha sucedido en países donde más se han aplicado estas medidas y notaremos claramente la debacle. La Argentina, un claro ejemplo. La “justicia social” se la suele utilizar para justificar pretensiones especiales, sin necesidad de evidenciarlas, y así ganar poder para obtener provechos políticos con ella.
Nada es más justo que una sociedad libre entendiendo a ésta como lo ha expresado Benegas Lynch (h) “el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo”. Esto se debe a que en una sociedad libre cada uno recibe una contraprestación basada en su productividad, es decir, lo que el mercado considera que ésta persona merece por su trabajo.
Por Renzo Kobrinsky, estudiante de Licenciatura en Economía de la Universidad Nacional de Rosario, miembro de Grupo Joven Fundación Libertad.
