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EL FRACASO DE LA EDUCACIÓN PUBLICA: Parte II

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ALAN GALIANO

¿Acaso el burócrata del Estado de turno sabe cuál es el mejor tipo de educación para los jóvenes de este o cualquier otro país del mundo? ¡Claro que no! Principalmente, porque todos y cada uno de nosotros somos diferentes, no poseemos las mismas aptitudes y menos aún los mismos gustos. Tal vez a algunos nos guste el arte, a otros la ciencia y otros sean buenos con el deporte. Sin embargo, la mayoría debemos conformarnos y estudiar lo que haya, ya que a veces las carreras que deseamos estudiar no existen más que en universidades privadas, en otras provincias o en otros países, por ejemplo. Por lo que no es sano ni es eficiente que alguien de arriba nos designe qué y cómo estudiar. Es una idea totalmente colectivista aquella en la cual todos debemos estar sometidos al mismo tipo de educación, de esta forma no nos ayuda a progresar en absoluto ni a aprovechar nuestras propias ventajas comparativas.

Por otro lado, pensemos que aquellos quienes realmente bancan la educación no son más que los contribuyentes. Mucha gente que nunca pudo terminar la secundaria o la primaria siquiera, les pagan a muchos estudiantes que pasan 10 años haciendo carreras de 4 años, o peor aún, que cambian de carrera mil veces hasta encontrar la de su agrado. En Argentina, actualmente, sólo el 4,4% de la población (menos de 500 personas cada 10.000) accede a una educación universitaria, siendo el 3,4% los que estudian en universidades públicas. Esto quiere decir que casi la totalidad de la población le paga la universidad a unos pocos. La cosa se pone aún peor cuando vemos que los graduados son solamente un tercio de los estudiantes.

¿Se puede poner peor? Absolutamente. Como vemos todos los años, los sueldos de los profesores, aquellos quienes forman a los futuros profesionales, son muy bajos. Las infraestructuras de las universidades tampoco son algo muy bueno: en algunas (como la UBA) no poseen gas o luz hace meses. Ni hablar de los planes de estudio, que están totalmente desactualizados. Por si esto fuera poco, la mayoría de las universidades son centros de adoctrinamiento marxistas, keynesianos o estructuralistas. Es decir, encima que nuestros profesores y nosotros la pasamos mal, nos enseñan teorías ya refutadas e inútiles en una sociedad como la de hoy en día.

Hay una manera fácil y eficiente de resolver todo esto: dejar de aportar dinero de los contribuyentes a la educación pública y dárselo a las familias de los estudiantes. Un cambio de financiamiento de la educación en la que ésta no dejaría de ser gratis.  El problema radica en que aquellos quienes hoy malgastan el dinero destinado a la educación pública no lo podrán hacer más. Se acabaría con los curros que hoy rodean a los establecimientos universitarios, y obviamente estas personas, los poseedores de la viveza criolla, no quieren esto.

Milton Friedman, el siglo pasado, propuso este sistema de educación que nos permitiría elegir estudiar aquellas carreras que nosotros realmente deseemos y eliminar la corrupción en la educación. Se trata de un sistema de vouchers educativos, que sólo sirvan para abonar la colegiatura y sean intransferibles. De esta forma lo único que se haría sería dejar de subsidiar la oferta educativa -los establecimientos- para empezar a subsidiar la demanda educativa -los alumnos-. El fundamento teórico consiste en que se crearía una especie de mercado donde los alumnos serían considerados como clientes y los establecimientos como empresas, así surgirían más establecimientos, privados obviamente, para aprovechar esta demanda. Y como toda buena empresa, para que funcione, debe ser eficiente, por lo que la calidad de la educación siempre tendería a aumentar. El mismo establecimiento sería el primero en tratar de mejorar y de evitar la deserción. Sistemas como este lo podemos ver en países como Suecia, Singapur o Corea del Sur. Es definitivamente la educación más eficiente hasta el momento.

Por Alan Galiano, estudiante de Contador público en la Facultad de Ciencias Económicas y estadísticas de la Universidad Nacional de Rosario.

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