ALAN GALIANO
¿En qué piensan todas aquellas personas que defienden tan a muerte la educación pública? Les puedo asegurar que no en una buena educación.
A través de muchos años hemos observado cómo el Estado ha fracasado rotundamente en servicios muy básicos. Es decir, en proveernos aquellas cosas para las cuales el Estado existe. Aún hoy en día, en pleno siglo XXI, vemos cómo gente no posee ni siquiera agua potable. Recordemos el caso de la niña formoseña que decía tener «hambre de agua». Hay otros que no poseen gas natural, y deben vivir completamente a leña, como hace mucho tiempo atrás. Sin irnos tan al extremo, veamos cómo un servicio como el transporte público (siendo además muy caro) es totalmente impuntual, muchas veces los vehículos están rotos, o no hay seguridad alguna dentro de ellos.
Veamos también la tan amada salud pública, que no posee insumos suficientes para realizar los más básicos tratamientos o la gente que se muere esperando procedimientos administrativos puramente burocráticos. Asimismo, la situación del Garrahan, en la que deben pedir tapitas de gaseosas para poder obtener recursos financieros. Miremos cómo fracasan los servicios públicos y preguntémonos: ¿el Estado es realmente eficiente? La respuesta es que no lo es, así que, entonces, ¿por qué pensamos que con la educación iba a ser diferente?
Lo que caracteriza al Estado argentino es la corrupción, el nepotismo y la prebenda. Solamente trabajan en él amigos o familiares de los políticos que ejercen, sólo negocian también con ellos. Y, por si fuera poco, roban todo lo que pueden. A su vez, Argentina es el país que mayor presión fiscal tiene en todo el mundo y, aún así, el dinero recaudado con los impuestos no alcanza, y estos mismos siguen aumentando cada vez más.
Mientras estos días pasan, los alumnos universitarios no tendremos clases de manera indefinida, debido a que el Estado no logró manejar la inflación (eso que se jactaban de que era muy fácil) y, encima, el salario de los profesores aumentó muy por debajo de ella. Es de esta manera que uno se da cuenta de que, si se quiere que algo fracase, se lo debe dejar en manos del Estado. En palabras de Milton Friedman: «Si pones al gobierno a cargo del desierto del Sahara, en 5 años habrá escasez de arena». Por lo que es totalmente inentendible por qué tanta gente enarbola la bandera de «universidad pública siempre». ¿Para qué desean eso? ¿Para nunca tener clases o para que siempre sea de mala calidad?
Claro está que, en un lejano futuro, el Estado deberá ser transparente (cosa que no creo que pase) o la educación deberá ser privada. ¿Por qué? Porque el sector privado (aquellos que no son prebendarios, obviamente) busca la eficiencia para mejorar las ganancias, mientras que el Estado sólo busca agrandarse y mantenerse. El cómo debería ser esa educación privada lo dejaré para un próximo artículo.
Por Alan Galiano, estudiante de Contador público en la Facultad de Ciencias Económicas y estadísticas de la Universidad Nacional de Rosario.
