¿ESTAMOS EN MEDIO DE UNA NUEVA GUERRA COMERCIAL?

Mariano Carmona

Una guerra comercial comienza cuando un país impone aranceles sobre un cierto producto, a fin de poder limitar su importación. Es por ello que, muy posiblemente, se genere malestar en las naciones que resultaron perjudicadas, y en muchos casos, son ellas las que deciden tomar las mismas medidas en represalia. Eso es lo que está aconteciendo en la actualidad: las dos principales economías del mundo, Estados Unidos y China, están llevando a cabo medidas proteccionistas, lo cual supone un riesgo muy grande para el resto de la economía global. Por tal motivo, a continuación intentaremos explicar las principales causas y potenciales consecuencias de este conflicto.

En primer lugar, vale la pena aclarar que, a pesar de que Estados Unidos es la primera economía del mundo, ésta no es capaz de producir todo lo que necesita. Algunos países poseen ventajas comparativas, es decir, que pueden producir ciertos productos con una mejor calidad y a un precio menor. Es por ello que, importar ciertos productos (entre los que se destacan automóviles, petróleo y teléfonos celulares), les permite especializarse en la producción de otros (por ejemplo: aeronaves comerciales, automóviles y alimentos), que son los que finalmente se exportan. Sin embargo, la economía norteamericana tiene ininterrumpidamente desde el año 1975 la balanza comercial con el déficit más grande de todo el mundo. En otras palabras, Estados Unidos es el país en donde  se da la mayor diferencia entre importaciones y exportaciones. Pero en el año 2017 se rompió otro récord, ya que ese déficit se convirtió en el más alto de toda su historia: 810 mil millones de dólares, de los cuales el 35% proviene del comercio con su segundo socio comercial, China.

Podemos decir que el inicio del conflicto comercial se dio en marzo pasado, cuando el presidente norteamericano anunció la adopción de tarifas aduaneras para el acero y aluminio de determinados países, en un 25% y 10% respectivamente. Además, el gobierno norteamericano acusó formalmente a China de forzar a las empresas estadounidenses instaladas en el país asiático a transferir su tecnología y propiedad intelectual a las autoridades locales. Cabe aclarar que, esto no fue ninguna sorpresa, ya que Donald Trump hizo de este tema uno de sus pilares fundamentales en su campaña. Según él, las demás naciones utilizan «prácticas injustas» en el comercio, las cuales atentan con los intereses de su país y que, por lo tanto, dejar de comerciar con ellas es la mejor solución.

Por otra parte, como era de esperar, el gobierno chino calificó la decisión de los Estados Unidos como “una violación de las leyes internacionales de comercio”. Sin lugar a dudas, gran parte de sus productos exportables provienen de las industrias afectadas, y por tal motivo, con una actitud desafiante, anunciaron la  decisión de imponer un arancel a 128 productos norteamericanos (principalmente frutas, carnes de cerdo y residuos de aluminio), tarifado en 3.000 millones de dólares. Esto no sólo significó un perjuicio a los agricultores estadounidenses (principal electorado de Trump), sino que también fue un claro mensaje: “China no tiene miedo”.

No obstante ello, en Washington tampoco se quedaron de brazos cruzados. En el transcurso de la semana posterior a dicho anuncio se publicó una lista de 58 páginas, en la que constaban los 1.300 productos chinos que iban a comenzar a ser arancelados (tarifado en unos 50 mil millones de dólares aproximadamente), perjudicando así directamente a los sectores de la industria química, electrónica, metálica y aeronáutica del país asiático.

Al parecer, la incertidumbre de los mercados pareció estar jugando a favor de China, el cual durante el primer trimestre de 2018 creció a una tasa de 6,8%. En este marco, el Ministerio de Relaciones Exteriores de este país anunció que, a partir de ese momento, el diálogo con sus pares norteamericanos dejaría de ser fluido y que, además, se estaba estudiando la posibilidad de elevar los impuestos aduaneros a una cifra aún mayor, la cual se daría a conocer más adelante.

En síntesis, todavía no es posible afirmar cuáles pueden llegar a ser las consecuencias ni los potenciales “vencedores”. Sin embargo, el futuro de la economía global no es muy alentador. De hecho, es preocupante que las principales potencias estén compitiendo por demostrar su “poderío” con la utilización de trabas arancelarias. Como sabemos, cuando el comercio es capaz de fluir libremente, la competencia y la eficiencia en la producción aumentan, y eso implica: mejores bienes, a precios más bajos para nosotros, los consumidores.

 

Por Mariano Carmona, estudiante de Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Estadísticas de la Universidad Nacional de Rosario.

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