Grupo Joven Fundación Libertad

Las ideas tienen consecuencias

241º aniversario de “La riqueza de las naciones” de Adam Smith

Por Guillermo Ferrer

Grupo Joven de Fundación Libertad

El año 1776 es uno de los más importantes, si no el más, para la historia del liberalismo. Esto es así porque en julio de ese año, las llamadas “Trece Colonias” declararon su independencia fundando los Estados Unidos de América, país que ha hecho de la libertad su mayor valor y más aún durante su primer siglo de vida. Sin embargo, este no no fue el único gran acontecimiento de ese año. Cuatro meses antes de esto, precisamente el día 9 de marzo, se publicaba una de las obras más importantes jamás escritas: Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, conocida también como “La riqueza de las naciones”.

Antes de pasar a un breve análisis de esta obra, la cual estamos homenajeando en su 241º aniversario, resulta necesario conocer a su autor, el brillante Adam Smith. Éste nació el día 5 de junio de 1776 en un pequeño pueblo escocés de apenas poco más de mil quinientos habitantes para ese entonces llamado Kirkcaldy, ubicado muy cerca de Edimburgo. A los catorce años ingresó a la Universidad de Glasgow, donde estudió filosofía moral. Allí, junto a su profesor Francis Hutchenson, el joven Smith se vinculó con los valores de la libertad y la razón. Posteriormente, siguió su formación académica en la Universidad de Oxford, pero su experiencia allí no sería la mejor. Contaría después que se trataba de una Universidad “en decadencia” y que la mayor parte de su tiempo transcurrió en la biblioteca estudiando por su cuenta. De regreso en su Escocia natal, Smith fue nombrado profesor titular de la cátedra de Lógica y luego de Filosofía moral en la Universidad de Glasgow. Sentía un gran asombro por la ciudad escocesa debido a su prosperidad. Para ese entonces, allí se concentraba prácticamente todo el comercio del tabaco proveniente de las colonias americanas. Esto último no es azaroso puesto que fue muy crítico con los comerciantes, pese inclusive a que muchos de sus amigos se dedicaban a esto, que buscaban acuerdos con los gobernantes para lograr concesiones monopólicas.

Su primera obra, Teoría de los sentimientos morales, fue publicada en 1759 y fue muy bien recibida por toda la comunidad académica escocesa e inglesa. Allí se ahonda en dos conceptos: el egoísmo (sin darle un papel central, como lo había hecho Hobbes) y la simpatía o generosidad (el gusto o aprecio por la satisfacción ajena). Se desarrolla el concepto del “espectador imparcial”, una suerte de voz imparcial que dictaría la propiedad o impropiedad de las acciones. Por otra parte, busca explicar el origen y desarrollo de los sentimientos morales, tales como la justicia, la virtud, la admiración, la corrupción, el resentimiento, llegando a la conclusión de que estos tienen una concepción histórica y dinámica. En resumen, la naturaleza humana estaría diseñada para avanzar fines o causas finales que no necesariamente son conocidos por los sujetos, que se guían por las causas eficientes.

En 1763 se le encargó ser el tutor del por entonces III Duque de Buccleuch, con el que recorrería durante unos años la Europa continental. Durante su estadía en Francia, entablaría relación con el médico cirujano  devenido en economista, François Quesnay, y con el político y también economista Anne Robert Jacques Turgot; los padres de la escuela fisiócrata, impulsora del laissez faire. Fue en la ciudad de Toulouse donde comenzó a escribir su obra magna, La riqueza de las naciones, la cual llevó 13 intensos años de trabajo y mucha presión de sus amigos, entre ellos David Hume y Benjamin Franklin, para que la publicase.

Según la tesis central del libro en análisis, la clave del bienestar social está en el crecimiento económico, que se potencia a través de la división del trabajo y la libre competencia. Recordemos que para ese entonces las ideas y prácticas económicas eran las de mercantilismo. Éste se basaba en que la riqueza de un Estado estaba vinculada con las reservas de oro. Por ello, el control gubernamental de la economía resultaba vital. Por el contrario, Smith plantea que la riqueza se basa en los bienes y servicios reales que se ponen a disposición de la sociedad, encontrando como pilares la acumulación del trabajo y la división del trabajo. Con respecto a esto último es icónico el análisis con la fabricación de clavos, llegando a la conclusión de que su resultado es un aumento considerable de la capacidad de producción. Para alcanzar esto, el Estado debe liberar al individuo de restricciones, se debe lograr el “estado de libertad natural”.

Por otra parte, Smith reflota el concepto del “egoísmo racional” que había analizado en su anterior publicación. En virtud de esto, se expresa que el hombre necesita de sus pares para la satisfacción de sus necesidades, pero para lograr esto es inútil recurrir a su generosidad, al altruismo. Es necesario apelar al egoísmo, demostrar el beneficio que obtendrán si actúan haciendo lo que se les pide. Esto es lisa y llanamente la base del comercio. Ahora bien, cuando se persigue el interés particular se promueve indirectamente el de la sociedad general e incluso de mucho mejor forma que en el caso de que esto fuese el objetivo originario. Entonces, salvo que viole las leyes de la Justicia, todo hombre está en total libertad de perseguir sus intereses como mejor le plazca y poder competir con los demás (esto último es el famoso derecho inalienable de la búsqueda de la felicidad que, a los pocos meses, encabezaría el primer párrafo de la Declaración de independencia de los Estados Unidos).

Ahora bien, creer que sólo el egoísmo es necesario es equivocado. No olvidemos la referencia de Smith a la “empatía” en Teoría de los sentimientos morales. El ser humano es capaz también de comprender el interés personal de su compañero y de llegar a un intercambio mutuamente beneficioso. La empatía con el egoísmo del otro (en donde acentúa la siguiente frase: “dame lo que necesito y tendrás lo que deseas”) y el reconocimiento de sus necesidades es la mejor forma de satisfacer las necesidades propias.

La libre competencia resulta vital para el desarrollo de la economía y esto lleva a la elaboración de uno de los conceptos más recordados, la famosa “mano invisible del mercado”. Esta idea implica sencillamente la autorregulación del mercado por las acciones recíprocas de la oferta y la demanda. Es decir, la capacidad de una economía de mercado de obtener automáticamente el máximo bienestar social a través de la búsqueda del propio interés. En una economía libre, el precio de mercado gravita sobre el precio natural de los bienes y servicios, y éste es el más bajo que puede pedirse. Lo contrario ocurre cuando hay monopolios. Debemos recordar siempre que estos sólo pueden surgir cuando un Estado –interventor de la economía- otorga concesiones y beneficios a determinados empresarios generalmente alineados con él.

Con respecto a las funciones del gobierno, según el autor estas deben limitarse a:

  • Defensa: proteger a a la población de los ataques de otros Estados.
  • Seguridad: proteger a la población de injusticias y/u opresiones de sus pares.
  • Impulsar la construcción de obras y creación de instituciones públicas que los particulares no desarrollarían debido a su baja rentabilidad.

Vemos entonces que Smith es partidario de un gobierno limitado fruto de que analiza y advierte los peligros de los Estados muy ambiciosos. Apunta a que las crisis son fruto de reyes y ministros que por naturaleza son los más grandes despilfarradores de los recursos.

Como cierre, podemos decir que la mayor y mejor conclusión a la que se arriba en La riqueza de las naciones es que la propensión a intercambiar constituye el motor del desarrollo humano, porque permite la suficiente creación de riqueza y generación y acumulación de capital como para poner en práctica la división del trabajo. Por tanto, debido a la empatía y a la división del trabajo, se potencia el crecimiento económico, clave del bienestar social.

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Esta entrada fue publicada en 9 marzo, 2017 por en Economía y etiquetada con .

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