ALEXANDRA MAERO
Las reflexiones de este ensayo fueron elaboradas en el ‘Taller de Producción de Ideas’ – iniciativa del Grupo Joven que invitó durante el mes de Agosto a estudiantes de colegios secundarios a debatir y escribir sobre la libertad.
Lo que tu crees que tienes no es individualidad, es sólo personalidad. Es algo cultivado en ti, en tu naturaleza, por tus padres, la sociedad, el sacerdote, el político, los educadores (…)” Osho.
Según Osho, nuestra realidad es creada por otros, y todo lo que consideremos propio o único, es sólo la imaginación y la ilusión de serlo; hasta tal punto que desde el momento en que nacemos somos impulsados a vivir bajo las frustraciones y éxitos de nuestros mentores, para luego entrar en el sistema educativo y adaptarnos al conocimiento general que logra nivelarnos a todos y nos “quita” nuestra capacidad de pensar libremente estando así condicionados por la historia, por la ciencia o por opiniones anteriores; nos acostumbran a horarios, reglas de comportamiento y responsabilidades en común, bajo el concepto arbitrario de que nuestras similitudes dependen de nuestra edad y no de nuestras capacidades o intereses. Ante esto me pregunto… ¿Realmente estamos tan condicionados desde nuestros orígenes? ¿Tenemos la libertad de procesar estas imposiciones o influyen directamente en nuestras decisiones sin filtro? ¿Qué papel juega nuestro entorno y qué es lo que logramos modificar en él, si es que logramos hacerlo?
Partiendo de la base de nuestra naturaleza, debemos aceptar que el ser humano busca estar en sociedad, e inevitablemente cada vez, esta sociedad irá creciendo y aumentando sus exigencias y su necesidad de normas que regulen el comportamiento de una gran multitud de individuos; pues sin raciocinio seríamos animales arbitrarios guiados por instinto; sin embargo, necesitamos tener un orden, y buscar el sentido a nuestra existencia; necesitamos objetivos y progreso; necesitamos errar y aprender de eso. De esta manera comienzan las eternas discusiones sobre cuál es la mejor manera de organizarnos, bajo qué sistema, con qué regulaciones y quién o quiénes deben dirigirnos. ¿Está mal querer superarse cada vez más? ¿Hasta qué punto nos organizamos para el bien común y cuándo empiezan a verse los intereses individuales de unos pocos por sobre los demás? ¿Está también dentro de nuestra naturaleza ser egoístas y desconsiderados con el otro? Creo que nuestras capacidades individuales tienen muchas limitaciones y sólo cuando estamos acompañados podemos explotar nuestro potencial, pero si las cosas empiezan a “escaparse de las manos”, comenzamos a querer beneficiarnos y dejamos de lado al otro. ¿Debemos entonces sacrificar nuestras libertades para el bien del otro? ¿O deberíamos comprender que sin el otro no seríamos libres?
Entonces, a partir de esto no sería errado creer que el ámbito familiar influye directamente en nuestros pensamientos, pero en cuanto éstos tienen contacto con otros medios, comienzan a modificarse. Y teniendo en vista de que nadie vive la misma vida y todos tenemos distintas interpretaciones y creencias, nuestros valores van a depender de dónde crecimos, qué religión escogimos, a qué colegio fuimos y cómo vemos la política en nuestras vidas, entre otras cosas.
Las reglas y el “sistema” de una sociedad lo imponemos nosotros mismos, en nuestra cotidianeidad; todo lo que hicieron en el pasado nos trajo a nuestro presente, pero todo lo que hagamos ahora nos llevará al futuro de otros. Sin embargo es más fácil culpar al otro, al conjunto, a la masa.
Según Fromm, “el sujeto debe liberarse de las formas alienadas propias de la sociedad de consumo que centran su existencia en el tener y no en el ser”. Y ante esto, nos encontramos frente a otro dilema; ¿qué es lo que nos hace felices? ¿Qué es lo que nos importa y qué no? Nadie nos obliga a trabajar, lo hacemos porque creemos en el progreso, y bajo este concepto nos vemos insertos en un círculo de derechos y responsabilidades que muchas veces se transforman en presiones y problemas, pero todo está en nuestra mente y en nuestras pretensiones; pero en la masa, éstos conceptos se magnifican y se convierten en corrientes de pensamiento con una gran influencia, así como los estereotipos. La globalización nos lleva estar pendientes de lo que le importa al mundo entero mientras que todavía no tenemos definido qué es lo que nos importa a nosotros. Buscamos aceptación y tener un sentimiento de pertenencia, y a veces lo conseguimos de la manera equivocada o dañándonos en pos de eso.
Creo que todo esto inevitablemente nos lleva a preguntarnos realmente qué es lo que sabemos, quiénes creemos ser y qué hicimos para llegar a eso. Rever qué es lo que creemos importante y tomar conciencia de nuestra moral y ética ante todo, sabiendo que debemos vivir en sociedad y que ésta es el reflejo de nuestro progreso; de un progreso sano e inclusivo, que no vea a todos como “lo mismo” sino que ofrezca los mismos derechos a todos aún con sus diferencias; revaluando qué conocimientos y ejemplos dejamos para las generaciones futuras y si realmente es eso lo que queremos decir.
La verdadera pregunta es: ¿cómo queremos usar nuestra libertad?
Alexandra Maero, estudiante de secundaria en el colegio Madre Cabrini, voluntaria de la organización no gubernamental «Rosario en Acción» y futura estudiante de Relaciones Internacionales.