JULIA TARTAGLIA
¿Las nuevas plataformas tecnológicas son una amenaza contra la educación? ¿Qué opina el docente y cuál es la mirada adolescente? ¿Con qué opinión quedarse?
La principal causa por la que se solicitan licencias docentes son las afecciones en la voz. Quienes no intervienen en un trabajo altamente relacional como la docencia, no se darán cuenta quizás de la imposibilidad en la que ve envuelto el profesional que debe valerse de su voz para poder desempeñar su trabajo. ¿Nos llama la atención la irremplazable necesidad de la voz a la hora de dirigirse al aula? En lo más mínimo, si tenemos en cuenta que la docencia es comunicación.
Lejos de caer en la tentación de un paradigma educativo tradicional, en el cual la relación de aprendizaje se limitaba a la mera transmisión de conocimientos; y sin siquiera acercarme a entronar la clase magistral como la herramienta más eficaz para alcanzar los objetivos educativos, no desmereceré en lo más mínimo la tarea de la oralidad a la hora de dirigirse –en mi caso- a un grupo de adolescentes ansiosos de descubrir el mundo.
Mi tarea es enseñar filosofía, cuando presento la materia insisto en su carácter práctico: no se estudia filosofía, se hace filosofía. Esto es, sin lugar a dudas, debatir, eliminar supuestos, poner en consideración opiniones. La clase de filosofía no es un monólogo, llamémoslo –más acertadamente- diálogo; forma de comunicación por excelencia que nos permite avanzar sobre las preguntas inconclusas, de hipótesis en hipótesis, sorteando obstáculos, hasta acercarnos a la verdad –o a una conclusión que nos satisfaga por el momento.
¿Cuáles son estos obstáculos? En ese diálogo debemos hacernos entender y entender al adolescente. La problemática que queda al descubierto es la distancia abismal que existe en materia de lenguaje entre el profesor –adulto- y el alumno. Los códigos, usos y costumbres, normas implícitas en el comportamiento, son radicalmente distintos, pero no dejan de ser códigos humanos. La brecha generacional entre los participantes de este diálogo es la clave de análisis a la hora de plantear la problemática educativa, que, repito, es comunicación. ¿Cómo entender al adolescente cuando no es ni similar al adolescente que yo fui? ¿Cómo comprender un mundo totalmente distinto al mío? ¿Cómo hacer para no caer en la subestimación del estudiante? ¿Cómo conectarnos a través de palabras que denotan significados distintos? ¿Se puede aminorar la brecha entre unos y otros?
Antes de caer en la frustración, me sumerjo en la búsqueda de soluciones. En mi postura, el profesional es el docente y él debe garantizar avanzar hacia un punto en común entre estos dos mundos que se nos presentan en principio como antagónicos. Este debería ser el eje fundamental en la formación de profesores, porque caer en extremos implicaría negar la posibilidad de educar, o simplificar una complejidad que es inherente a toda relación humana.
En esta búsqueda de soluciones, muchos especialistas insisten en tornar significativo el aprendizaje; esto es, partir de realidades concretas que los estudiantes experimenten cotidianamente, para que la respuesta o el análisis que se lleve a cabo sobre la misma, les importe, ‘signifique algo’ para sus vidas. Los docentes caemos en el tedio y la repetición, creemos que si algo funcionó una vez, funcionará siempre. Así, entramos al aula con recursos de antaño, ejemplos lejanos al contexto, que cortan de raíz el interés del adolescente. Don Bosco, brillante pedagogo, insistía: ‘Amen lo que ellos aman, así ellos aman lo que ustedes aman.’
¿Qué aman los adolescentes? ¿Cuál es su mundo? Su mundo es el cambio constante, la velocidad, la navegación entre pestañas del navegador de Internet; es música, lectura, dibujo, opinión, deporte, ansiedad y desconsuelo, todo al mismo tiempo y a través de una pantalla. Si se analiza sin miedo la realidad, no se puede no llegar a la conclusión de que hoy el adolescente no se concibe sin la ‘otra’ realidad: la virtual. ¿Vamos a dejar a la educación por fuera de este espacio que se nos presenta como más esencial al adolescente que la propia aula?
Amar lo que ellos aman, conocer lo que ellos conocen, superar las barreras del lenguaje intergeneracional, es sumergir a la educación y al rol del docente en el plano virtual. Lo primero siempre es estigmatizar lo nuevo, pero para el adolescente, lo nuevo es posibilidad;el docente debe prestar atención a esta actitud, aprender de ellos. Las cosas no tienen valor en sí mismas, somos nosotros quienes se lo atribuimos, entonces los soportes virtuales pueden suplir aquellos otros soportes que han quedado obsoletos en materia educativa.
La vida del profesor supone un ir y venir entre aulas y escuelas; el contacto con los estudiantes raramente supera las cinco horas semanales –con suerte- un grupo en Facebook, un foro de debate, puede ayudar a mantener el contacto durante el resto de la semana, mantener a los chicos en el tema, lograr que la hora de clase no perdure. Brindar el material en formato digital supone una ventaja para ambas partes, nutrir la enseñanza con recursos variados ya sean videos, frases, imágenes; ¡y lo mejor! Que estos aportes no provengan solo del profesor, sino que el adolescente se sienta en la libertad de compartir opiniones. Internet es red, red de comunicación; lo mismo es el aula. Espacios virtuales y físicos, la diferencia es tan solo accidental si el trasfondo de la comunicación es un vínculo real y auténtico.
En conclusión, si se comprende a la educación como una tarea esencialmente comunicativa y el docente se ve atravesado por el compromiso de hacerse entender, querrá expandir por todos los medios esta comunicación. Las ideas son versátiles, cambiemos su color o su formato, seguirán siendo fieles a lo que transmitan, más allá de los medios que se utilicen para esto. Aprendamos de los adolescentes ¡no le tengamos miedo a la novedad!
Julia Tartaglia, profesora de Filosofía en nivel secundario y terciario, estudiante de Licenciatura en Filosofía en la Universidad del Salvador, coordinadora de Proyecto de Grupo Joven Fundación Libertad.
Twitter: @juliiitar